En ocasiones me pongo a pensar en la manera en que influimos la historia de otros. Pienso en lo que representan para mí los trabajos de Zdzisław Beksiński, The Cure o Terry Pratchett; recuerdo la manera en que llegaron a mi vida y no puedo dejar de reparar en la improbable cadena de casualidades que los trajeron a ella.

Hace años tuve una amiga por internet. En alguna ocasión me habló de Beksiński, el pintor polaco que quería pintar como si fotografiara sus sueños. Me encantó su obra. Verdaderamente, al mirar sus pinturas, me parece transitar por alguna tierra onírica. Mi amiga y yo nos perdimos la pista, pero las pinceladas inquietantes de los cuadros sin nombre me quedaron sobre la piel y entre los huesos.

The Cure sonó por vez primera para mí gracias a una respuesta perdida en el caos de Internet. Navegando en Yahoo! Respuestas vi una mención a la banda británica en alguna pregunta relativa al rock. El que respondía hizo énfasis en que era una de sus bandas favoritas. Los escuché y oh, sorpresa, había descubierto algo para lo que no tenía entonces comparativa. La persona detrás del avatar sin foto de perfil había provocado con su respuesta que mi gusto musical tomara una senda hasta ese momento desconocida. Al día de hoy no sería yo mismo sin The Cure.

Perdidos en un librero atestado, en la casa de un familiar lejano, estaban algunos libros de Terry Pratchett. Tomé prestadas algunas de esas novelas sin tener idea de qué iban y descubrí el Mundodisco. Tan impactante fue ese acontecimiento que solo hasta ese momento admití tener en Terry Pratchett un escritor favorito. Su lectura marcó los siguientes años de mi vida como ningún otro autor ha hecho.

No sé si explico adecuadamente lo que trato de decir. Me asombra la manera en que nos influimos los unos a los otros, en el acto de compartir nos construimos mutuamente. Tres personas, de distintas e indirectas maneras, sin saberlo, cambiaron para siempre mi vida, al cambiarme a mí mismo. O, más que cambiar, aportar en la transformación de quien solía ser a quien soy ahora.

Nosotros estamos siempre en cambio. El yo de ahora no es el mismo que el de ayer y mucho menos el de mañana. La influencia de otros es como un pequeño garabato de «El Otro estuvo aquí» en nuestro lienzo personal.