Los televisores como objeto me parecen una cosa horrible. Son feos cuadros de plástico negro que ocupan demasiado espacio.

Espacio físico: hay que encontrarles un lugar, en el librero, o en un banquito, o en una mesa. De preferencia en un mueble diseñado específicamente para sostener televisores. Ya de jodido en el piso. Si no hay espacio disponible habrá que agujerar la pared y empotrarlos en cualquier parte, sin importar si el resultado va en contra de todo sentido de practicidad y buen gusto.

Ocupan también espacio mental: basta un solo televisor encendido para que nuestros ojos, usualmente piezas orgánicas, se transformen en bolas metálicas, atraídas por el magnetismo que irradia la pantalla; si el televisor en cuestión está apagado nuestros cerebros de primate buscarán cualquier ocasión y pretexto para encenderlo.

Se da por sentado que hay que tener al menos uno. No es extraño que el diseño de una casa gire en torno al televisor. ¿De cuántas pulgadas será? ¿Es visible desde la sala de estar y desde el comedor a la vez? ¿Y la cocina? ¿Qué tal un segundo televisor, más pequeño, para cuando estemos en la cocina? Rey de los electrónicos, el televisor extiende su dominio también a los muebles. Los sillones se le apelotonan alrededor, cada uno tratando de conseguir el mejor ángulo de visión.

Tanta consideración es inmerecida.