Now the world is gone, I’m just one
Oh, God, help me

Camino en alguna calle de esta ciudad que ya no admite adjetivos porque ya se le han dado todos, ausentes mis oídos de la realidad debido a un par de audífonos que los obstruyen. En los audífonos, cuya barata manufactura es revelada por un persistente gorgoteo, suena One, de Metallica, una de las canciones favoritas de mi nostalgia.

Los versos, de ordinario conocidos y transparentes a mi entendimiento, se me antojan inauditos al acompañarlos de mis pasos y de ese sol que hace fruncir ceños. Ya no tratan de un marine mutilado tras una cruenta guerra, sino de la caverna que se vuelve la cabeza al taponarla con audífonos.

Nada como caminar en una calle repleta de gente para sentirse de veras solo.

Y en esa soledad, terrorífica, uno se ve a sí mismo, ¿pues qué otra cosa puede ver? Peor: escuchar. Escucha uno mismo sus pensamientos y, oh, God, help me!

Ahora el mundo se ha ido y soy únicamente yo. Yo y mis pensamientos, caminando bajo el sol más indolente en una ciudad anónima, sin querer ver nada ni a nadie, y espero —no en Dios, que Él y yo tenemos un pacto de no molestarnos mutuamente— despertar de esta ensoñación de muerte y cambiar de canción.