Cuando fui a la feria de Xmatkuil me topé con un puesto que llamó mi atención. El lugar vendía miel y productos derivados, pero lo que atrajo mi vista fue el libro abierto sobre la mesa del lugar: era un álbum de fotografías y el fotógrafo —un chico que resultó ser biólogo— las vendía en 10 pesos cada una. Había fotos de lagartos, de aves y de atardeceres. Cuando le pregunté sobre los sitios a los que había ido a tomarlas me respondió con un simple «las tomo en la parte trasera de la escuela».

En otra ocasión, recorriendo el tianguis que se hace en el bosque de los árboles de Navidad en Amecameca me encontré con un señor que vendía fotografías de paisajes de esa zona del Estado de México, particularmente de los volcanes Iztaccihuatl y Popocatepetl. Las fotografías —nos dijo— eran de su autoría y había de distintos tamaños, desde miniaturas que bien podrían ser timbres postales hasta grandes cuadros enmarcados.

Ambas experiencias me hicieron pensar en la posibilidad de hacer lo mismo. ¿Y si vendo algunas fotos? No en pocas ocasiones me han lanzado la pregunta «¿eres fotógrafo?» al verme con la cámara en la mano, o se acercan a mí para pedirme que les haga alguna foto —eso sí, no con mi cámara, sino con sus teléfonos—, seguramente porque piensan «si este es fotógrafo, pues que nos haga una buena foto, ¿eh?»; aunque me sigue dando trabajo admitirlo viendo hacia atrás me parece que sí he mejorado y la idea de sacar algún dinero extra vendiendo mis fotos me resulta tentadora.

Ahora estoy haciendo la selección de las fotos que mandaré imprimir. El álbum viene en camino —no encontré en tiendas físicas— y debería llegar dentro de una semana. La dinámica la imagino como una venta casual cuando ando fuera sacando fotografías. Más en modo pescador que cazador, si surge una oportunidad de venta, fabuloso, si no, no importa, que a lo que vine es a hacer fotografías. Por la misma razón me basta un álbum pequeño y portable: no quiero cargar con tantas.

Ya veremos qué resulta.