He llegado a la conclusión de que escribo demasiado poco.

Una de las máximas más resobadas entre quienes escriben es la de escribir constantemente, diario de ser posible: nulla dies sine linea1. Hay que llevar diarios y escribir a todas horas, en la fila para subir al autobús, en Navidad y de camino al supermercado. La inspiración tiene que sorprendernos trabajando; si a la susodicha se le ocurre aparecerse en uno de nuestros momentos de flojera ya nos chingamos: aquella idea luminosa que traía de obsequio se apaga frente a la desobligada imagen de nosotros rascándonos la barriga.

Escribir, además de un oficio muy sacrificado, es también una necesidad fisiológica2. Como yo tengo la fea costumbre de no escribir todos los días, sino que lo hago cada que me apetece, estoy de humor y tengo medios —porque no siempre tiene uno a la mano un instrumento para anotar—, pues entonces la conclusión lógica es que me estoy muriendo de hambre. Si no de hambre, de alguna otra cosa fisiológica; claramente suena mejor decir que se muere uno de hambre que de estreñimiento. Paso días enteros en ayunas, en los que no solamente no escribo nada, sino que apenas pienso, y para escribir hace falta pensar, pues la escritura no es más que sujetar pensamientos a teclazos.

Recuerdo que poco después de que Alice Munro ganara el Premio Nobel de Literatura escuché —o leí— una entrevista suya en la que afirmaba que únicamente podía sentarse a escribir al terminar sus tareas domésticas y antes de que sus hijos pequeños despertaran. Pienso en Jack London, que con todo y su vida de aventuras publicó novelas y relatos, o en la conocida prolificidad de Stephen King, quien dice trabajar todos los días.

Cada incierto tiempo viene a mí la certeza de que poco escribo, acompañada de la cantinela del «debería escribir más», como una aguja desde la nuca hasta la frente. Es muy fastidioso sentirse en falta consigo mismo y me hace luchar contra la sensación cristiana por antonomasia: la culpa.

Esta sensación de hambre no es únicamente por la falta de escritura. Tampoco leo mucho, ni tomo suficientes fotos. En realidad,sucede lo mismo con todas las actividades definitorias. No sé si esto es signo de mediocridad, de neurosis, o es un delirio causado por el hambre atrasada.


  1. En latín significa «ningún día sin una línea». En Wikipedia hay una entrada al respecto. ↩︎

  2. En estas características guarda parentesco con la defecación. ↩︎