En Cómo se hace una novela, Miguel de Unamuno dice que cuando dos personas dialogan, Fulano y Zutano, en realidad hay seis personas inmiscuidas en la conversación:

  1. El Fulano real, el que es en sí. Unamuno lo nombra como «el que Fulano es para su Creador».
  2. El Fulano que Fulano cree que es.
  3. El Fulano que Zutano cree que es.

Recíprocamente:

  1. El Zutano que es en sí.
  2. El Zutano que Zutano cree que es.
  3. El Zutano que Fulano cree que es.

Una primera conclusión es que las conversaciones son un asunto altamente complejo, y los seres humanos somos dignos de admiración por participar de ellas sin acabar totalmente locos.

Lo que más me llama la atención de esta filosofía es caer en la cuenta de que conocer a los otros es totalmente imposible —cosa que ya sospechábamos— y que nuestros intentos por hacerlo no provocan otra cosa que pena ajena. Peor aún: conocernos a nosotros mismos se vuelve impensable. El yo y el otro son como ilusiones en dos espejos enfrentados: la imagen que de mí se refleja desde tu persona me da una idea acerca de quién soy, y viceversa, y creemos que nos hablamos a los ojos cuando en realidad le estamos hablando al reflejo. ¿Y si además miramos nuestro reflejo en la mirada del otro? Más ilusiones…

Lo milagroso de este laberinto es que, con todo, incluso sin conocernos a nosotros mismos y menos a los otros, tenemos la capacidad de reconocernos en el otro. No sé quién soy, ni sé quién eres, pero sé que ambos somos y somos iguales. Vuelvo a Unamuno, esta vez en Del sentimiento trágico de la vida:

Nullum hominem a me alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño.

Nuestro natural egoísmo nos hace creer que somos rara avis, únicos, ejemplares irrepetibles y, por no dejar, el centro del universo; todo lo cual es cierto desde nuestra perspectiva —una vez más, egoísta—, falso desde las perspectivas de los otros. Cada persona vive una vida de ilusión en la que está convencida de que lo más importante es ella misma.

Y con esa unicidad, ¿quién no ha tenido un resfriado? ¿Quién no ha padecido una diarrea, un dolor de cabeza, un momento de humillación? ¿Quién no ha reído hasta desternillarse? ¿Quién no ha llorado nunca? ¿Quién no ha experimentado la muerte de otros? Nos creemos únicos, más nada de lo humano nos es ajeno. Las vidas de los otros son también las nuestras, aunque se diga que no tenemos nada en común.

Y de todas las cosas que como Humanidad compartimos, la que más me estremece es la consciencia de nuestra mortalidad. No hablo de la llegada a ese conocimento a través del intelecto, sino de esa consciencia más primitiva y brutal, la que nos hace despertar en medio de la noche, con la plena certeza de que hemos de morir algún día y que todo será como si no hubiéramos existido nunca.

De alguna manera saber que otros también se despiertan en medio de la noche me hace sentir menos solo.